El Jesuita
La cruz del escritorio seguía ladeada. El anciano jesuita llevaba años tratando de escribir esa carta. No pasaba un día sin que pensara en volver a la misión. No podía concentrarse.
La misión.
Lo había comentado con sus superiores repetidamente, pero siempre le decían lo mismo: —Valentín, ya no estás para eso. Eso es para los jóvenes.
Pero él no quería hacer trámites, ni más burocracia. Él quería la Iglesia de verdad, la que ayuda, la que vivía en la misión.
La misión.
No pasaba un día sin que recordase cómo ayudaba a aquella aldea. Cómo ayudaba a María con sus hijos. Cómo enseñaba a los jóvenes. Cómo algunos de ellos podrían haber sido sus alumnos, sus discípulos.
Pero ahora, aquí, solo trámites. Papeles. Nadie a quien guiar. Al menos un discípulo. Al menos alguien que siga el camino…
Y no podía acabar esa carta al Papa. Con esa cruz ladeada sobre el escritorio no podía concentrarse. No podía escribir.
Demasiado trabajo, demasiados papeles, la cruz ladeada, María, mis niños…, …sus hijos, la misión…
Era demasiado. Pero él quería ayudar.
—¡No puedo más!
Y de un golpe en la mesa, la cruz cayó al suelo.
—Padre, perdóname… No puedo más… ¿Cómo vuelvo a la misión?
Se agachó para coger la cruz. Al levantarse, esos tres segundos le parecieron tres días.
¿A quién pretendo engañar, si estoy hecho un Cristo?
De repente se abrió la puerta. —Padre, ayúdeme a discernir.
Se giró con la cruz en la mano. Al levantarse, el anciano chocó con el flexo del escritorio, que le iluminó la cabeza desde atrás.
Miró al joven. —¿Qué necesitas? —Quiero ser jesuita, pero estoy enamorado.
Por un instante Valentín vio a ese discípulo que siempre había querido, pero paró en silencio y mientras colocaba la cruz recta sobre su escritorio dijo:
—Joven, ser jesuita es una decisión importante. Pero el secreto de una vida plena está en los pequeños actos de amor que dan gloria a la cruz de nuestro Señor. Ve con tu chica.
El joven sonrió y se marchó.
Miró su carta y esta vez Le hizo Gracia.
…el discípulo, la misión.