Brahman
Yo soy un brahmán.
Ese pensamiento era lo que conducía toda su vida.
Venía de una buena familia y creció acomodadamente junto a sus hermanos. Pudo casarse joven con una mujer fantástica que le dio hijos respetables y nietos sanos. Ejerció la medicina durante muchos años, llegando a ser un miembro respetado en su poblado. Logró curar lo incurable con pocos recursos.
Pero aquello no le bastaba.
Él era un brahmán.
Su mujer sabía que ese vacío nunca le permitiría avanzar, alcanzar aquello que él podría llegar a ser. Así que habló con él. Sus hijos estaban criados, sus nietos estaban sanos. Era el momento de renunciar.
Él era un brahmán.
Se despidió de su mujer. De sus hijos. De sus nietos. De sus amigos. De su estatus. Y se dispuso a buscar un ashram.
Atravesó ciudades, bosques, buscando a ese sabio que lo aceptase. Pero era demasiado anciano. Anduvo y anduvo, hasta que, exhausto, encontró una cueva donde descansar y cayó dormido.
Al día siguiente decidió practicar algo de yoga básico que le habían enseñado en la escuela. Y vio que se sentía mejor. No sabía casi posturas. Tan solo recordaba una secuencia. Decidió quedarse allí por un tiempo y luego continuar buscando su ashram.
Pero se sintió bien allí.
Repitió la secuencia día tras día, pero no llegaba la plenitud. Decidió dedicar más horas. Pero no llegaba la plenitud. Renunció a todas las pocas pertenencias que llevaba encima. Pero no llegaba la plenitud. Decidió ayunar. Pero no llegaba la plenitud. Decidió controlar cada una de sus respiraciones. Pero no llegaba la plenitud.
Hasta que decidió ayunar de agua.
Exhausto, delirando, realizó su secuencia. Pero no llegaba la plenitud.
En pleno delirio, sin saber por qué, se dio cuenta de su error: había olvidado que debía encontrar un maestro, un ashram. Y sin apenas fuerzas salió de la cueva, sin saber si buscaba agua o un lugar donde morir.
No llegó muy lejos.
Cayó. Casi ciego, pudo ver cómo un grupo de personas se acercaba a ayudarlo. Lloraban. No de tristeza, sino de alegría.
Con la boca seca y sus últimas fuerzas quiso agradecerles, hasta que en su último suspiro pudo ver cómo una lágrima de alegría de su mujer, como una gota, caía en su lengua sedienta.
Quiso abrazarlos pero por inercia cogió sus pies como un niño, y sonriendo los soltó, en un último pensamiento:
Yo soy… ….Brahman
Savasana