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El más rápido

Era el primer día de los novicios.

La sala estaba llena de jóvenes que aspiraban a ser admitidos en el templo. Todos guardaban silencio, atentos al Maestro.

De pronto, el Maestro preguntó: —¿Quién es el más rápido?

Nadie se atrevió a hablar, excepto un joven impaciente y ansioso. —Yo lo soy.

El Maestro lo miró fijamente y asintió. —Bien. Cuando termine la charla, ven conmigo.

Los demás lo observaron en silencio. Algunos con envidia, otros con alivio.

Al acabar, el Maestro lo llevó aparte: —Cada mañana, antes de empezar las clases, llevarás esta carta al Maestro del otro templo, al otro lado del río. Como ves, solo puede cruzarse por esa cuerda tensa o con la vieja barca amarrada en la orilla.

El joven no dijo nada, pero pensó: ¿Por qué fui tan impulsivo?

Mientras los demás dormían una hora más, él se levantaba en la oscuridad, iba a ver al Maestro, tomaba la carta y cruzaba el río. Después debía cumplir con todas las tareas comunes: rezar, estudiar, trabajar. Poco a poco se sentía cada vez más agotado, hasta que finalmente pidió ser reemplazado. Pero el Maestro le respondió: —No. Tú eres el más rápido.

Los otros alumnos murmuraban. “Es un castigo”, decían algunos. “Es un honor”, decían otros. El joven solo quería dejar esa carga, pero aprendió a aceptarla. Con el tiempo, aquel camino se volvió suyo.

A veces, por cansancio o descuido, alguno de los Maestros olvidaba sellar las cartas. Y el joven empezó a leerlas. En todas se hablaba del mismo asunto: construir un puente. Pero nunca avanzaban. Uno decía que no había dinero, otro que faltaban obreros, otro que el lugar no era el adecuado. Así, carta tras carta, día tras día, pasaban los años sin que el puente llegara a existir.

Un día, uno de los Maestros hizo una pregunta en voz alta sobre el puente. El joven, de nuevo impulsivo, respondió. El Maestro del otro templo lo reprendió y escribió: —Tu alumno lee las cartas. No debe hacerlo.

Su Maestro lo miró con severidad, y el joven prometió no volver a leerlas.

Pasaron los años. Su Maestro murió. El nuevo Maestro, inseguro, le preguntó: —Tú que cruzas el río cada día, ¿qué piensas del puente?

Su respuesta fue ejemplar. Desde entonces, ya no lo escondieron. Ambos Maestros lo consultaban a diario, y no solo para el puente. Apenas leían las cartas.

Poco a poco, sus compañeros lo miraban con respeto. A él ya no le importaban las opiniones de los otros discípulos.

Veía cómo, mes a mes, año tras año, iba madurando. Empezó a disfrutar del camino que hacía cada día. Reparó la barca, reforzó las cuerdas. El río se convirtió en su espejo.

Mientras otros monjes cambiaban de tareas o buscaban honores, él seguía haciendo lo mismo: cruzar con una carta en la mano y cumplir con las mismas obligaciones que sus compañeros.

Le ofrecieron que algún nuevo alumno llevara las cartas, pero él siempre decía: —Yo soy el más rápido.

El tiempo pasó. El monje se volvió anciano. Un nuevo Maestro del templo lo hizo responsable de algunos discípulos.

Un día, al verlos reunidos, preguntó: —¿Quién es el más rápido?

Hubo silencio. Entonces, un discípulo dijo: —Yo lo soy.

El anciano sonrió, reconociendo su propio reflejo. Y le dijo que cada día debería levantarse antes que sus compañeros y ayudarle a llevar las cartas entre los dos templos.

El alumno aceptó, tratando de ocultar su reticencia.

Pasaron los meses, los años. Cada vez le costaba más al viejo monje cruzar el río. Su discípulo debía dedicarle más tiempo, y aquello empezaba a convertirse en una gran carga.

Hasta que una mañana de lluvia, el río se movió violentamente, la vieja barca crujió y el anciano monje cayó al agua. Desapareció en el río.

El discípulo logró llegar a la otra orilla. Afortunadamente, la carta había caído dentro de la barca. Con lágrimas, el discípulo la abrió. La tinta, empapada, se había corrido, dibujando un círculo incompleto, donde tan solo se leía:

Maestro…

…el puente…

…la carta.

Y comprendió en silencio que eran lo mismo.